Vicente “Huevo” Romo: Entre la Perfección, las Grandes Ligas y el Béisbol Mexicano
El 5 de enero de 1971, la perfección llegó a Guaymas y encontró las tribunas casi vacías. Solo 72 personas habían pagado boleto para entrar al Abelardo L. Rodríguez aquella tarde. Uno de los grandes acontecimientos del béisbol mexicano sucedió, así, sin la multitud que suele exigir la posteridad: sin un estadio estremecido ante el último lanzamiento, sin miles de voces contando los outs, sin cámaras capaces de convertir cada movimiento en una imagen destinada a la historia.
Era una tarde de invierno como tantas otras junto al mar. El parque estaba semivacío y Vicente “Huevo” Romo ocupaba el montículo con el uniforme de los Yaquis de Ciudad Obregón.
El adversario tenía un significado particular. Con los Ostioneros había comenzado su carrera profesional diez años antes. Guaymas era la ciudad donde había crecido, donde había aprendido a lanzar y donde había empezado a imaginar que aquel deporte podía convertirse en su vida. Ahora regresaba con otro uniforme, convertido ya en un pitcher de primer nivel, para enfrentarse precisamente al equipo que había formado parte de sus comienzos.
El primer bateador subió al plato y Romo lo retiró. Después vino el segundo, y también cayó. El tercero corrió con la misma suerte. Tres outs. En el béisbol, la perfección no aparece de una sola vez; se va construyendo con paciencia, lanzamiento tras lanzamiento, como si cada out fuera una pieza necesaria para completar una figura que todavía nadie puede ver.
Tres outs se convirtieron en seis; seis en nueve; nueve en doce. Romo todavía no pensaba en la victoria, porque pensar demasiado pronto en ella puede ser la manera más rápida de perderla. Su mundo se reducía al siguiente bateador, a la señal que llegaba desde su catcher, “Paquín” Estrada, y al lanzamiento que debía ejecutar.
En algún momento, los pocos aficionados debieron comprender que estaban frente a algo único e irrepetible. Lo que al principio parecía simplemente una buena actuación había comenzado a convertirse en una posibilidad y, poco después, esa posibilidad adquiría la dimensión de una historia destinada a sobrevivir a aquella tarde.
Cada nuevo bateador llegaba al plato cargando con el fracaso de los anteriores. Nadie había conseguido un sencillo. Nadie había llegado a primera. La ofensiva de Guaymas comenzaba cada entrada exactamente en el mismo lugar en que había comenzado la anterior: obligada a encontrar una grieta en algo que, con cada lanzamiento, parecía más difícil de tocar.
Habían caído doce outs. Después fueron quince. Luego dieciocho. La perfección comenzaba a adquirir una forma que ya podía intuirse, aunque todavía faltara demasiado para atreverse a nombrarla.
No había margen para una distracción. Hasta entonces, Romo había logrado mantener intacta la línea que separaba una gran actuación de algo mucho más extraordinario, y ahora cada lanzamiento llevaba consigo el peso de todos los anteriores.
Llegó el séptimo inning. Después, el octavo. Veinticuatro outs. Veinticinco. Veintiséis. A esas alturas, los 72 espectadores que habían decidido estar allí habían comprendido que estaban a punto de presenciar un momento que terminaría convertido en un recuerdo para toda la vida. Quizá ninguno podía conocer todavía la dimensión que alcanzaría aquella tarde, pero el juego ya había dejado de ser uno más. El siguiente bateador podía decidir si aquella perfección continuaba o desaparecía.
El último bateador tomó su turno. Romo hizo su trabajo. Veintisiete outs. Con tres carreras en la segunda, una en la octava y ocho en la novena, los Yaquis ganaron 12-0. Mientras José Soto y Germán Raygoza caían ante la embestida Yaqui, Vicente “Huevo” Romo había lanzado el primer juego perfecto en lo que hoy es la Liga Mexicana del Pacífico.
Y quizá la imagen más poderosa de aquella tarde sea precisamente la de esas tribunas casi vacías. Porque Vicente Romo no necesitó un estadio lleno para hacer algo extraordinario. No necesitó miles de testigos ni una multitud esperando el desenlace. Le bastó con tener un bateador enfrente.
Los inicios de una leyenda
El juego perfecto duró nueve entradas. La carrera de Vicente Romo duró casi un cuarto de siglo. Durante 24 temporadas de pelota invernal acumuló 182 victorias, 2,038 ponches y 2.38 de efectividad. El historiador Manuel Sortillón contabiliza, además, 178 juegos completos en 364 aperturas: casi la mitad de las veces que Romo recibió la pelota para comenzar un juego, también fue él quien consiguió el último out.
Romo convirtió aquella obligación en una identidad. Lanzaba durante el verano y después regresaba al invierno, año tras año, equipo tras equipo, como si el calendario no tuviera más propósito que devolverle la pelota. En la Liga Mexicana consiguió otras 182 victorias y, al sumar sus 45 triunfos en otros circuitos profesionales, Vicente Romo llega a una cifra de 409.
Hoy, una cifra así parece provenir de otro deporte. El pitcher contemporáneo vive rodeado de especialistas; se administra el número de lanzamientos, se protege el brazo y las entradas se reparten entre distintos relevistas. Romo perteneció a una época en la que el abridor recibía una encomienda mucho más elemental y, al mismo tiempo, mucho más exigente: durar. No bastaba con ser capaz de dominar durante unas cuantas entradas. Había que permanecer en el juego hasta que el juego terminara.
Pero antes de los grandes números, antes de las temporadas interminables y de los récords que terminarían definiendo su carrera, estuvo el mar. Vicente Romo Navarro nació en Santa Rosalía, Baja California Sur, un 21 de mayo de 1943. Llegó siendo un niño al puerto de Guaymas. Si Santa Rosalía fue el lugar de su nacimiento, la ciudad sonorense terminó convirtiéndose en su verdadera patria beisbolera.
En el noroeste mexicano, el béisbol nunca ha sido únicamente entretenimiento. Durante décadas fue también una forma de identidad: los resultados viajaban por la radio, los nombres de los peloteros entraban en las casas y el invierno comenzaba, en cierto modo, con el primer lanzamiento. Romo creció dentro de esa cultura, en un lugar donde el béisbol formaba parte de la vida cotidiana y donde un muchacho podía empezar a imaginar que un campo, una pelota y un brazo podían convertirse en una profesión.
El 13 de octubre de 1961, con 18 años, debutó profesionalmente con los Ostioneros de Guaymas en Ciudad Obregón. Entró como relevista en la octava entrada. No comenzó como elegido ni como una figura alrededor de la cual se construiría un equipo. Comenzó, sencillamente, tratando de sacar outs.
Su primera temporada terminó con 2 victorias, 4 derrotas y 2.61 de efectividad. Un mes después de su debut, sin embargo, apareció una primera señal de lo que podía llegar a ser. El 19 de noviembre, Emilio Ferrer abrió contra Ciudad Obregón y Romo entró desde la tercera entrada. Lanzó seis episodios y un tercio y, entre ambos, completaron un juego sin hit ni carrera. Diez años antes de lanzar su juego perfecto, el joven Romo ya había participado en la desmantelación completa de una ofensiva.
En 1962 lanzó durante el verano con los Tigres de Aguascalientes, de la Liga Central Mexicana, y regresó a Guaymas para el invierno, donde consiguió diez victorias. En la campaña siguiente ganó 17 de los 40 triunfos de los Ostioneros. Ya no era el muchacho que esperaba una oportunidad desde el bullpen. Empezaba a convertirse en uno de esos pitchers alrededor de los cuales podía organizarse una temporada.
Los buscadores de talentos no tardaron en ofrecerle una oportunidad en el béisbol de los Estados Unidos. En 1965 apareció con Portland, sucursal de Cleveland. La experiencia fue complicada, pero en México continuó creciendo. Con los Tigres del México produjo en 1966 una campaña formidable: terminó con 17 victorias, siete derrotas y 2.41 de efectividad. Junto con José Peña sostuvo una parte decisiva de la rotación que llevó a los Tigres al campeonato.
En aquellos años, Romo también aprendió que lanzar no consistía solamente en tener un brazo poderoso. El bateador dispone apenas de unas décimas de segundo para decidir, pero antes de esa decisión, el pitcher controla casi todo lo demás: la velocidad, la altura, el movimiento y, sobre todo, la secuencia. La recta funciona porque existe la curva; una pelota afuera prepara la siguiente adentro. Cada lanzamiento modifica el que vendrá después y obliga al bateador a dudar.
Si lanzar consiste, en buena medida, en administrar esa duda, Romo hizo de ello un oficio. Su talento no estaba únicamente en la pelota que lanzaba, sino en la pregunta que dejaba en el aire antes de cada lanzamiento: qué vendría después y desde dónde.
A finales de 1967, los Dodgers de Los Ángeles lo llamaron a sus filas. Con ello, aquella joven promesa formada en Guaymas estaba a punto de descubrir si todo lo que había aprendido entre el verano y el invierno, entre la recta y la curva, entre un bateador y el siguiente, también funcionaba contra los mejores bateadores del mundo.
El largo peregrinar de un mexicano en la Unión Americana
Vicente Romo debutó en Grandes Ligas el 11 de abril de 1968, con los Dodgers de Los Ángeles, frente a los Mets de Nueva York. Entró en el noveno episodio y su primera aparición tuvo poco de ceremonial: Jerry Grote le conectó sencillo y, después, en un toque del pitcher Jerry Koosman, Romo cometió un error de tiro a segunda base. Finalmente llegó una carrera no limpia.
No fue un debut de ensueño. Y acaso por eso resulte apropiado, porque la carrera de Romo nunca siguió una línea recta. Su llegada a las Grandes Ligas no significó la instalación definitiva en el lugar que había perseguido, sino el comienzo de una serie de movimientos que lo llevarían de una ciudad a otra y de un equipo a otro, obligándolo a demostrar una y otra vez que pertenecía allí.
Los Dodgers no pudieron conservarlo bajo las condiciones de la Regla 5 de los drafts de 1967 y Romo volvió a Cleveland. Lo que en ese momento podía parecer un retroceso terminó revelando a un pitcher que Los Ángeles apenas había alcanzado a conocer. Con los Indians cerró 1968 con cinco victorias, tres derrotas, doce salvamentos y una efectividad cercana a 1.60. El hombre que había regresado de Los Ángeles terminó convirtiéndose, en Cleveland, en uno de los relevistas más difíciles de batear de la Liga Americana.
Después llegó Boston. Con los Red Sox encontró probablemente la etapa más estable de su paso por las Grandes Ligas. Entre 1969 y 1970 ganó catorce juegos, consiguió diecisiete salvamentos y participó en cien encuentros.
Sin embargo, reducir aquellos años a la etiqueta de relevista sería quedarse corto. Romo podía abrir un juego, podía trabajar varias entradas desde el bullpen y también podía recibir la responsabilidad de terminarlo. Su utilidad estaba precisamente en esa capacidad para ocupar distintos lugares dentro del mismo cuerpo de lanzadores.
En 1969 apareció 52 veces y lanzó 127 entradas y un tercio. Aquel septiembre consiguió, como abridor, la única blanqueada de su carrera en Grandes Ligas, precisamente frente a Baltimore, el equipo que terminaría ganando el banderín de la Liga Americana. Era una muestra más de esa versatilidad que había comenzado a definirlo: Romo no necesitaba un papel único para ser valioso. Allí donde el juego exigiera un pitcher, podía encontrar una manera de responder.
Después vinieron los White Sox. Luego, los Padres. La mudanza terminó convirtiéndose en parte del oficio. Cambiaban los uniformes, las ciudades y los compañeros; permanecía la obligación de subir al montículo y demostrar que todavía había un lugar para él.
Para un mexicano de aquella generación, llegar a las Grandes Ligas ya era difícil. Permanecer podía ser todavía más complicado. El béisbol estadounidense estaba muy lejos de alcanzar la presencia latinoamericana que tendría décadas después, y cada temporada exigía una nueva adaptación. Había que acostumbrarse al idioma, a las ciudades y a una industria capaz de trasladar a un jugador de una costa a otra con una llamada telefónica. Para Romo, la estabilidad no estaba garantizada; debía construirse cada vez que recibía la pelota.
Y, sin embargo, sobrevivió. Sobrevivió a los cambios de equipo, a las distintas funciones dentro del bullpen y a la incertidumbre que acompañaba a un jugador que nunca terminaba de instalarse del todo en un mismo lugar. Después de 1974, cuando terminó su etapa con los Padres, pareció que su historia en Estados Unidos había llegado a su final.
Pero para entonces Romo ya había aprendido algo que le serviría durante el resto de su carrera: una trayectoria no tiene por qué avanzar en línea recta para terminar siendo extraordinaria.
El regreso a México
En lugar de llegar al ocaso de su carrera, Romo floreció en México. En 1975 consiguió trece victorias con los Cafeteros de Córdoba y, más adelante, con los Azules de Coatzacoalcos, produjo en 1979 una temporada feroz: terminó con marca de 14-13, una efectividad de 1.97 y diez blanqueadas. Diez juegos completos sin permitir una sola carrera, una cifra que por sí misma habría bastado para definir una temporada extraordinaria.
En 1980 ganó quince juegos. Y a los 38 años hizo algo todavía más improbable: terminó 16-6, con 1.40 de efectividad y 21 juegos completos en 27 aperturas, en lo que sería su mejor temporada en la Liga Mexicana. La edad parecía afectarlo de una manera peculiar: le quitaba velocidad, pero le añadía conocimiento. Lo que el brazo comenzaba a perder en fuerza, el pitcher parecía recuperarlo en experiencia, en lectura del juego y en la capacidad para saber qué lanzamiento necesitaba cada bateador.
Entonces ocurrió lo inesperado. En 1982, los Dodgers volvieron a buscarlo. Habían pasado ocho años desde su última aparición en Grandes Ligas y catorce desde aquella noche de 1968 en que había debutado con Los Ángeles. El mundo del béisbol también había cambiado. Para entonces, Fernando Valenzuela había convertido el Dodger Stadium en un territorio sentimental mexicano, un lugar donde la presencia de un pitcher nacido en México ya no parecía una excepción.
Mientras Fernando representaba el futuro, Romo regresaba desde otra generación. El 19 de julio de 1982, con 39 años, abrió contra Montreal. Permitió tres hits en siete entradas, ponchó a seis bateadores y regaló una base. Los Dodgers ganaron 2-1. Para Romo era su primera victoria en Grandes Ligas desde 1974, un regreso que pocos habrían imaginado después de ocho años de ausencia.
Su registro definitivo en Grandes Ligas quedó en 32 victorias, 33 derrotas, 52 salvamentos, 416 ponches y 3.36 de efectividad. Pero Estados Unidos solo había visto una parte de la historia. Para entender realmente a Vicente Romo había que regresar al invierno, al lugar donde su carrera había encontrado otra vida y donde todavía quedaban muchos juegos por lanzar.
El dueño de dos estaciones
La enormidad física de la carrera de Romo puede explicarse mirando un calendario. Terminaba una temporada y comenzaba otra, y entre ambas apenas parecía existir una pausa. El verano desembocaba en el invierno y el invierno volvía a conducirlo hacia el verano, como si el calendario del béisbol estuviera hecho para mantenerlo permanentemente sobre un montículo.
Con los Ostioneros había aprendido el oficio. Para 1970-71 pasó a los Yaquis de Ciudad Obregón, donde lanzó el juego perfecto y compartió uniforme con su hermano Enrique, también futuro ligamayorista. Los dos contribuyeron al campeonato de los Yaquis en 1972-73, en una de las primeras etapas de una carrera que todavía estaba lejos de alcanzar su dimensión definitiva.
Después llegó Culiacán. Con los Tomateros desarrolló la relación más larga de su carrera invernal y permaneció aproximadamente una década, durante la cual ayudó a conquistar tres campeonatos. Con el club acumuló 49 juegos completos, 159 aperturas y 1,127 entradas. Mil ciento veintisiete innings con un equipo de invierno: una cifra que por sí sola permite imaginar la cantidad de veces que Romo volvió a tomar la pelota cuando otros pitchers ya habían terminado su jornada.
Pero su prestigio trascendía los uniformes. Los equipos campeones podían reforzarse para determinadas etapas y Romo era demasiado valioso como para dejarlo en casa. Por eso también apareció con los Naranjeros de Hermosillo. Así, en febrero de 1971 participó en la primera aparición de un equipo mexicano en la Serie del Caribe, cuando los Naranjeros de Hermosillo terminaron como subcampeones en San Juan, Puerto Rico. Sumó con ello otro capítulo a una carrera que comenzaba a extenderse mucho más allá de los equipos con los que mantenía una relación permanente.
Cinco años después volvió a reforzar a Hermosillo. La final de 1975-76 contra Ciudad Obregón llegó hasta el séptimo partido, con los Naranjeros ganando 2-0 en la octava entrada. Rich Hinton había sostenido la ventaja y ahora había un out y un corredor en primera. El campeonato estaba cerca, pero todavía no pertenecía a nadie.
Benjamín “Cananea” Reyes salió de la caseta. Faltaban cinco outs para el campeonato y llamó a Vicente Romo. En ese llamado cabe buena parte de una carrera. No importaban los miles de lanzamientos anteriores ni que Romo hubiera vestido el uniforme de Obregón. En ese momento, toda la temporada de Hermosillo podía reducirse a cinco outs, y Reyes decidió ponerlos en manos del pitcher que había aprendido a vivir con esa responsabilidad.
Romo retiró consecutivamente a los cinco bateadores que enfrentó. Los Naranjeros fueron campeones y, semanas después, hicieron historia al conquistar en República Dominicana la primera Serie del Caribe para un club mexicano.
Hay pitchers cuya grandeza puede medirse en estadísticas y hay otros cuya grandeza se reconoce en un momento distinto: cuando el manager los busca porque ya no existe margen para equivocarse. Romo pertenecía a las dos categorías. Su carrera invernal terminó con 182 victorias, 2,038 ponches, 2.38 de efectividad y 38 blanqueadas. Y todavía lanzaba en verano.
En la Liga Mexicana acumuló, según la reconstrucción de Sortillón, 182 victorias y 106 derrotas, además de 1,857 ponches y 52 blanqueadas. Eran cifras construidas a lo largo de años en los que una temporada nunca parecía ser suficiente y en los que el final de un calendario significaba, simplemente, el comienzo del siguiente.
En 1983, después de su regreso con los Dodgers, volvió a los Tigres del México. Tenía cuarenta años y todavía consiguió catorce victorias. Después llegaron los Diablos Rojos y, finalmente, los Leones de Yucatán.
Cuando se retiró, en 1986, habían pasado veinticinco años desde aquel primer relevo con los Ostioneros. Un cuarto de siglo separaba al joven que entró al juego en Ciudad Obregón de aquel pitcher de cuarenta años que todavía encontraba victorias. Entre ambos había quedado una carrera construida en dos estaciones, en numerosos uniformes y en una cantidad extraordinaria de entradas, como si para Vicente Romo el tiempo no hubiera sido una razón para dejar de lanzar, sino simplemente otra cosa que aprender a dominar.
Lo que queda cuando termina el juego
Vicente “Huevo” Romo ingresó al Salón de la Fama del Beisbol Mexicano en 1992. Para entonces, su carrera ya reunía argumentos de sobra para justificar la distinción, pero fueron los homenajes que llegarían después los que terminaron de revelar la dimensión que su nombre había adquirido con el paso del tiempo. En 2011, los Yaquis de Ciudad Obregón retiraron el número 24 que había utilizado y, en la misma ceremonia, hicieron lo propio con el 11 de su hermano Enrique, también pitcher de Grandes Ligas. Poco después, los Tomateros de Culiacán retiraron su número 27.
La Liga Mexicana del Pacífico llevó ese reconocimiento todavía más lejos al poner el nombre de Vicente “Huevo” Romo a su premio para el mejor pitcher. Cada invierno, cuando la liga distingue al lanzador más destacado de la temporada, el nombre de Romo vuelve a aparecer, ligado para siempre a una distinción que reconoce precisamente aquellas virtudes que definieron buena parte de su carrera: la resistencia, la inteligencia y la capacidad para permanecer sobre el montículo cuando el juego exigía mucho más que unas cuantas entradas.
El béisbol en el que Romo construyó su carrera, sin embargo, prácticamente ha desaparecido. El pitcher actual trabaja dentro de una estructura mucho más especializada, en la que se controla la carga de lanzamientos, se estudia la fatiga y las entradas se distribuyen entre distintos relevistas. Un abridor que consigue llegar hoy al séptimo inning ha realizado ya una jornada considerable; para Romo, terminar el juego formaba parte de la responsabilidad que asumía cada vez que recibía la pelota. Vistas desde el presente, sus estadísticas parecen pertenecer a otro tiempo: 178 juegos completos en 364 aperturas durante su trayectoria invernal, 2,038 ponches, 182 victorias en la Liga Mexicana del Pacífico, 38 blanqueadas y una capacidad para seguir ganando cuando ya había superado la edad en la que la mayoría de los pitchers comienza a despedirse.
Quizá por eso el legado de Romo no termina en sus récords ni en los números que fueron retirados en su honor. Esos homenajes pertenecen al pasado y, precisamente por ello, permanecen intactos; lo que cambia es la manera en que el presente los interpreta. En una época en la que cada lanzamiento se mide y cada entrada se administra, sus temporadas recuerdan que hubo pitchers para quienes recibir la pelota significaba aceptar la posibilidad de permanecer en el montículo hasta el último out, sin saber exactamente cuánto tiempo habría de durar esa responsabilidad.
Y mientras aquellas 72 personas en Guaymas fueron testigos de algo que seguiría siendo contado más de medio siglo después, nosotros, con la distancia que permite el tiempo, podemos ver algo más que un juego perfecto. Podemos recorrer la carrera entera de un hombre que convirtió la longevidad en una forma de grandeza. Vicente Romo no fue extraordinario por aquella tarde en que logró que nadie llegara a primera, sino por algo más difícil de medir: el eterno regreso al montículo, temporada tras temporada, para demostrar, una vez más, que todavía tenía un lugar entre los grandes. Cada temporada era un nuevo comienzo. Cada juego también. Y mientras hubo un juego que ganar, Romo siguió dispuesto a tomar la pelota.


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