Juan Manuel Ley López: El empresario que convirtió a Culiacán en potencia del beisbol

La historia de Juan Manuel Ley López es la de un hombre que entendió muy pronto que los sueños no se improvisan: se edifican con trabajo, visión y una lealtad inquebrantable a los orígenes. Desde una pequeña tienda enclavada en la sierra de Durango hasta los diamantes más encendidos del béisbol invernal, su vida fue una travesía marcada por la constancia y la audacia. Empresario por vocación y beisbolista por convicción, Ley no solo levantó empresas y campeonatos: levantó comunidades enteras alrededor de una idea simple y poderosa: las cosas se hacen con rigor o no se hacen. A una década de su fallecimiento, su historia sigue contándose en los pasillos de los supermercados y en las gradas colmadas, al ritmo eterno del juego de pelota.

En el corazón de la Sierra Madre Occidental, donde la tierra parece conservar memoria de cada paso, nació Juan Manuel Ley López el 17 de febrero de 1933. Fue hijo de Juan Ley Fong —un inmigrante chino que adoptó México como su patria— y de Rafaela López, mujer de temple y fe incansable. En Tayoltita, Durango, donde el esfuerzo se aprende antes que las palabras, el pequeño Juan Manuel vivió los primeros años de su existencia entre sacos de abarrotes, cuentas y clientes que entraban y salían de la tienda de su padre. Allí, entre el tintinear de las monedas y el olor de la mercancía recién llegada, asimiló una lección que lo acompañaría por siempre: servir bien es una forma de dignidad.

Desde niño observó a su padre atender a cada cliente como si fuera el único. Aquellos estantes modestos y jornadas interminables fueron la escuela donde se sembró una vocación que marcaría su destino. No era solo vender: era entender a la gente, anticiparse a sus necesidades, cumplir la palabra. Ahí, Juan Manuel aprendió muy pronto que la confianza se gana con hechos y que el servicio bien dado tiene un valor incalculable. A los quince años ya administraba la tienda familiar con una madurez impropia de su edad; como si el futuro hubiera comenzado a reclamarlo antes de tiempo.


El salto a Culiacán: visión y ambición

En 1954, con apenas veintiún años, Juan Manuel tomó una decisión que anticipaba al hombre que estaba llamado a ser: dejar Tayoltita y trasladarse a Culiacán, Sinaloa. No era un salto a lo desconocido, sino un acto de intuición lúcida. Culiacán era una ciudad en expansión, con tierra fértil tanto para la agricultura como para los negocios. Allí, junto a su padre, abrió la primera tienda Casa Ley, un proyecto modesto pero que pronto tendría un impacto monumental en la historia del comercio regional.

Con el paso del tiempo, Casa Ley comenzó a crecer. En 1970, Juan Manuel daría otro salto decisivo: transformar aquella tienda en el primer supermercado moderno de Culiacán. Amplios pasillos, carritos de compra, un surtido extenso de productos y atención amable. Para muchos fue una innovación disruptiva; para él, apenas el inicio de una visión que pronto rebasaría las fronteras regionales.

Pero si Casa Ley representó el legado económico de Juan Manuel, el béisbol fue su legado emocional y cultural. Desde la infancia, las historias de pelota rondaban su casa: relatos de ligas, juegos memorables, guantes que olían a tierra y bates cuyo eco parecía resonar más allá del tiempo. El béisbol lo sedujo sin necesidad de explicaciones: era el deporte capaz de unir ciudades, de trascender generaciones, de convertir una tarde cualquiera en una ceremonia colectiva.


El nacimiento de los Tomateros

En 1964, la oportunidad de entrelazar su pasión con su compromiso social llegó de forma abrupta y definitiva. Horacio López Díaz, entonces presidente de la Liga Invernal de Sonora, visitó a la familia Ley para invitarlos a formar parte del circuito. La propuesta contemplaba la incorporación de dos equipos sinaloenses – Culiacán y Mazatlán – como parte de la expansión de la liga. Juan Manuel intuyó de inmediato la dimensión del desafío: devolverle a Culiacán el béisbol profesional de alto nivel que su tradición exigía.

El reto, sin embargo, era considerable. Los proyectos previos habían sido modestos, sostenidos en estructuras frágiles y resultados irregulares dentro de la Liga del Noroeste. Don Juan Ley Fong, con la claridad que solo dan los años, se lo dijo a su hijo en una tarde decisiva: “Hijo, con este equipo no vamos a llegar a ningún lado“. No era una advertencia, sino un reto.

La respuesta de Juan Manuel fue determinante: tomar el control absoluto. Su padre no le pidió buscar refuerzos aislados; le ordenó construir una base ganadora desde el origen. El objetivo era claro y ambicioso: adquirir a los Tabaqueros de Santiago, el equipo más dominante de la Liga del Noroeste. “Vete a Nayarit y compra a todo el equipo —le dijo su padre—, cueste lo que cueste. Para muchos, aquella idea rozaba la imprudencia; para los Ley, era simplemente visión.


La odisea de Santiago Ixcuintla

Con chequera en mano, paciencia estratégica y una determinación que ya hablaba en clave de futuro, Juan Manuel viajó a Santiago Ixcuintla. “No fue nada fácil convencer a los dueños de los Tabaqueros“ —recordó Juan Manuel en entrevista con Jorge Luis Téllez. “Significaba, desde luego, el desmantelamiento total de su plantel, cosa que obviamente no era del agrado de los aficionados de por allá, acostumbrados a ganar año con año, y porque sus directivos tenían planes para mantenerse en la Liga del Noroeste“. Fueron tres días de negociación intensa hasta lograr lo impensable: desmantelar al equipo campeón y convertirlo en el corazón de una nueva franquicia para Culiacán. Se compró todo el equipo, junto con el mánager, el cuerpo técnico e incluso el masajista y el aguador. Así, los Tabaqueros de Santiago se convirtieron en los Tomateros de Culiacán.


El debut de Tomateros en la temporada 1965-66

Con Nazario Moreno como mánager y refuerzos extranjeros como George Prescott, Julius Grant y Evelio Hernández, el primer róster de Tomateros incluía a peloteros como Alejandro “Cañitas” Moreno (JI), Juan Manuel Salinas (SS), Hilario Peña (3B), Ildefonso Ruiz (1B), Pepe Rodríguez (JC), Guadalupe Cancino (C), Luis “Pato” Hernández (JD) y Genaro Puente (2B).

El debut de la novena fue un momento simbólico: el 11 de octubre de 1965, frente a los Cañeros de Los Mochis en el Estadio Ángel Flores, un recinto cargado de historia pelotera. El primer pitcher abridor de Tomateros fue el cubano Evelio Hernández, quien trabajó la ruta completa para contribuir al primer triunfo en la historia de la franquicia, por marcador final de 6-0. En ese duelo destacó el primera base Ildefonso Ruiz, quien conectó el primer cuadrangular del equipo guinda.

Aquel primer año no fue perfecto, pero sí memorable. A pesar de un récord de 32 victorias y 52 derrotas, algo había cambiado en el Noroeste: había nacido un equipo con la ambición de ser protagonista en el béisbol del Pacífico mexicano.


Los primeros pasos hacia la gloria

“Habíamos ganado lo más difícil —recordó Juan Manuel en años posteriores—: el respaldo del pueblo“. El estadio lleno era prueba de ello. Y allí, en ese coliseo, se tejieron las primeras leyendas: pitchers y bateadores que no solo jugaban béisbol, sino que lo hacían con la pasión de quienes sienten cada lanzamiento como una oportunidad de orgullo.

El primer campeonato llegó pronto. En la temporada siguiente (1966–67), los Tomateros alcanzaron la cima con un récord de 55–31 de la mano del mánager veracruzano Vinicio García y con la colaboración del Jugador Más Valioso, el pítcher cubano Andrés Ayón. Con ello se demostró que la visión de Juan Manuel no era una ilusión, sino una apuesta ganadora. Desde entonces, la franquicia consolidó una tradición de éxito que se prolongaría por décadas.


Décadas de liderazgo y victorias

Bajo la presidencia de Juan Manuel Ley, los Tomateros se convirtieron en una potencia de la Liga Mexicana del Pacífico (LMP). En sus años como dirigente, el equipo conquistó diez campeonatos de la LMP, coronándose en temporadas inolvidables que quedaron marcadas en la memoria colectiva de Culiacán y del béisbol mexicano.

La lista de títulos obtenidos por los Tomateros durante la presidencia de Ley incluye las temporadas de 1966–67, 1969–70, 1977–78, 1982–83, 1984–85, 1995–96, 1996–97, 2001–02, 2003–04 y 2014–15, e incluye a mánagers campeones como Vinicio García, Raúl Cano, Francisco “Paquín” Estrada y Benjamín Gil. Cada uno de esos campeonatos fue un testimonio de continuidad, paciencia, apuesta por talento propio y extranjero, y del respaldo incondicional de una afición que nunca se cansó de creer.


Travesía internacional: la Serie del Caribe

Quizás algunos de los momentos más emblemáticos de la franquicia sinaloense llegaron en la Serie del Caribe. Bajo la dirección de Francisco “Paquín” Estrada, los Tomateros se llevaron el título en 1996, en Santo Domingo, República Dominicana, y de nuevo en 2002, en Caracas, Venezuela. Fueron victorias que colocaron a Culiacán en el mapa internacional del béisbol invernal, frente a equipos campeones de Puerto Rico, Venezuela, República Dominicana y Cuba.

En medio de estas glorias deportivas, Juan Manuel construyó un legado institucional que fue más allá de las estadísticas y los trofeos. Por este motivo, el Salón de la Fama del Béisbol Profesional Mexicano lo eligió para recibir un lugar entre sus inmortales en 2006.


El estadio y la eternidad

En 2015, un momento culminante coronó su carrera: la inauguración del nuevo Estadio Tomateros, un recinto moderno, funcional y majestuoso que simbolizó no solo la grandeza deportiva, sino el compromiso de Culiacán con la pelota y con quienes la juegan. El recinto, fundado sobre el mismo terreno en el que se encontraba el legendario Estadio Ángel Flores e inaugurado el 9 de octubre de 2015, fue testigo del último gran sueño realizado por Juan Manuel, quien —pese a los años— no dejó de mirar siempre hacia el futuro.

Yo recuerdo con nitidez aquellos días de la inauguración del estadio. En el tercer juego de la serie inaugural, Juan Manuel Ley tuvo un gesto cargado de memoria y justicia histórica: invitó a mi abuelo, “Gilillo” Villarreal, a lanzar la primera bola. No fue un acto protocolario, sino un homenaje íntimo al origen de todo. “Gilillo” había sido el primer bat del equipo predecesor de los Tomateros, los Tacuarineros de Culiacán, fundados en 1945. Aquella bola lanzada al centro del diamante no inauguraba solo un estadio moderno: unía el remoto pasado del béisbol culiacanense con el presente que Juan Manuel Ley había ayudado a construir.


Una vida como jonrón

El 22 de enero de 2016, los habitantes de Culiacán vivieron un día de luto. Víctima de un infarto al miocardio, Juan Manuel Ley López falleció a los 82 años, dejando un vacío inmenso y, al mismo tiempo, un legado que sigue vivo en cada juego, en cada grito de la afición y en cada recuerdo compartido por millones.

Juan Manuel Ley no partió como alguien que se va sin haber cumplido. Partió dejando una obra tangible, inscrita en la historia del comercio, del deporte y de una ciudad que aprendió a reconocerse en su ejemplo. Hoy, cada vez que los Tomateros pisan el diamante y la afición convierte el murmullo en rugido, cuando un batazo cruza el campo y hace vibrar el corazón, está presente la visión de un hombre que entendió que un equipo no solo compite: representa.

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