Es La Hora Para Sonora: El Comienzo de la Liga Invernal de Sonora (1958-59)
Durante trece años, desde aquel 1945 en que comenzó a jugarse el béisbol de la Liga de la Costa del Pacífico, el invierno había adquirido en Sonora y en las ciudades vecinas una fisonomía particular. Cuando terminaban las lluvias, cuando los días comenzaban a acortarse y el calor cedía poco a poco sobre los pueblos del noroeste, aparecía el béisbol para ocupar los meses que en otras partes del país parecían pertenecer al frío. Los parques se convertían en lugares de reunión, los periódicos encontraban en cada serie un evento para llenar sus páginas y los aficionados aprendían a seguir el movimiento de los equipos entre una ciudad y otra. La Liga de la Costa no había sido solamente una competencia deportiva; había conseguido instalarse dentro de la vida cotidiana de una región que comenzaba a descubrir en el béisbol una de sus formas más poderosas de identidad.
Pero aquella grandeza tenía un costo que con el paso de los años se volvió cada vez más difícil de sostener. La liga había crecido, las exigencias económicas habían aumentado y las entradas ya no alcanzaban para mantener una estructura profesional que necesitaba pagar viajes, nóminas y jugadores de categoría. La temporada de 1957-58 terminó siendo la última, y cuando cayó el último out de aquella competencia, nadie podía ignorar que algo importante habia llegado a su fin, y quizás para siempre. La desaparición de la Liga de la Costa dejó un hueco difícil de llenar, porque en realidad, no se trataba solamente de sustituir unos equipos por otros: había que encontrar una manera de devolverle al invierno aquello que durante años había aprendido a esperar de él.
En Sonora, donde el juego estaba demasiado arraigado para aceptar un invierno sin pelota, la pregunta comenzó a ser inevitable: si la antigua liga ya no tenía remedio ¿por qué no construir una nueva, más modesta, que pudiera vivir de acuerdo con las posibilidades de las ciudades que la iban a sostener? La respuesta comenzó a tomar forma en Guaymas.
La casa donde renació el sueño
El domingo 7 de septiembre de 1958, en la casa de Florencio Zaragoza Maytorena, situada en la colonia Miramar de Guaymas, se reunieron varios de los hombres que habían conocido de cerca la historia de la vieja Liga de la Costa y que ahora buscaban una manera de impedir que el béisbol invernal desapareciera de Sonora. La escena tenía una sencillez que contrasta con lo que habría de ocurrir después: no estaban reunidos en un estadio, ni ante la prensa, ni inaugurando oficialmente una nueva época; estaban sentados alrededor de una mesa, tratando de convertir una necesidad en un proyecto viable.
Florencio Zaragoza y Rogelio Rodríguez Torres llevaban consigo la experiencia de haber participado en la construcción de la Liga de la Costa, de modo que conocían tanto las posibilidades del béisbol profesional como los peligros económicos que acababan de provocar su desaparición. Desde Ciudad Obregón llegaron Jesús Corral Ruiz, Rafael Orduño y Manuel Alberto Yépiz Muñoz, hombres que entendían que una liga necesitaba algo más que jugadores y estadios, porque necesitaba también periódicos, conversación pública y una comunidad dispuesta a hacer suyo cada equipo. Por Guaymas participaron Héctor Ferreira, Julio Alfonso y Abundio “Chino” Vargas; Empalme estuvo representado por Enrique Romero Encinas y Guadalupe Leal Rivera, mientras que Gabriel Roberto Monteverde, que se encontraba de visita en Guaymas, fue invitado por Vargas para participar como representante de Hermosillo, papel que posteriormente se fortalecería con la incorporación de Enrique Mazón López. La documentación oficial de la Liga Mexicana del Pacífico reconoce además entre los fundadores y organizadores a Carlos Vicente Rodríguez García y Esteban Pérez González.
La importancia de aquella reunión no estuvo solamente en los nombres de quienes asistieron, sino en la manera en que cada uno podía aportar algo distinto a una empresa que necesitaba sobrevivir con recursos mucho menores que los de la liga anterior. Zaragoza aportaba experiencia y capacidad de convocatoria; Rogelio Rodríguez asumiría la presidencia durante las primeras temporadas; los periodistas podían convertir los juegos en acontecimientos de sus respectivas ciudades, y los representantes locales tendrían que resolver la parte más difícil: conseguir que los equipos existieran, que los jugadores tuvieran uniformes, que los parques estuvieran disponibles y que la gente encontrara razones para regresar a las tribunas.
Uno de los aspectos más reveladores de aquella fundación fue que sus promotores entendieron que no podían limitarse a copiar el modelo que acababa de desaparecer. La nueva liga debía ser más económica y, al mismo tiempo, debía tener una función que le diera sentido más allá de coronar a un campeón. Se acordó una temporada de treinta y seis juegos y se estableció que el título correspondería al equipo que obtuviera más victorias; cada club podría contar con un máximo de tres jugadores profesionales, algunos semiprofesionales y, de manera particularmente significativa, tendría que alinear por lo menos a dos novatos en cada encuentro.
Aquella disposición decía mucho más de lo que parecía. En ella estaba contenida también la idea de que la nueva liga debía convertirse en escuela, en un sitio donde los jugadores jóvenes de Sonora pudieran aprender junto a hombres con experiencia y adquirir el oficio necesario para dar posteriormente el salto al béisbol profesional. Después de haber perdido una liga que había llegado a reunir grandes figuras, aquellos hombres decidieron que el camino de regreso no sería competir nuevamente por las estrellas, sino ayudar a fabricar las propias.
Así nació la Liga Invernal de Sonora, no como una réplica de la Liga de la Costa, sino como una respuesta a su desaparición. La primera era una liga que había crecido hasta volverse demasiado pesada para las posibilidades económicas de su tiempo; la segunda nacía consciente de sus límites y encontraba precisamente en ellos una posibilidad de futuro.
Las cuatro ciudades y los hombres que jugaron en el invierno
La primera temporada reunió a Hermosillo, Guaymas, Empalme y Ciudad Obregón, representadas por los clubes de los Naranjeros, Ostioneros, Rieleros y Rojos. El territorio era pequeño, pero suficiente para que el béisbol volviera a establecer un circuito entre ciudades que conocían desde hacía años la rivalidad y el entusiasmo que acompañaban a una temporada invernal. La nueva liga no tenía todavía el tamaño de la Costa, pero tenía algo que en aquel momento resultaba más importante: podía sostenerse con los recursos disponibles y podía ofrecer un escenario para que los jugadores locales comenzaran a abrirse camino.
El viernes 14 de noviembre de 1958, en el Estadio Fernando M. Ortiz de Hermosillo, la pelota volvió a ponerse en movimiento. Cerca de cuatro mil personas acudieron para presenciar el encuentro inaugural entre Hermosillo y Guaymas, y cuando José “Chino” Ibarra subió al montículo por los Ostioneros, la nueva organización dejó de ser una idea discutida dos meses antes en una casa de Guaymas para convertirse en una realidad que podía tocarse, escucharse y celebrarse desde las tribunas. Guaymas ganó 3-1, Ibarra se llevó la victoria y Miguel Sotelo cargó con la derrota, pero la primera noche tuvo además un momento destinado a permanecer en los registros: Jesús “Tribilín” Mendoza conectó el primer cuadrangular de la historia de la nueva liga.
Al día siguiente, Empalme derrotó 2-0 a Ciudad Obregón, y con esos primeros encuentros quedó dibujado el mapa de aquella segunda aventura del béisbol invernal sonorense. En los rosters aparecían hombres que habían conocido la Liga de la Costa y jóvenes que apenas comenzaban a descubrir lo que significaba jugar frente a una multitud. Guaymas tenía en su cuerpo de lanzadores a José Ibarra, Julio Alfonso, Jesús García, Jesús Ramírez, Luis Nevárez y Manuel Estrada, mientras que en el terreno destacaban Manuel Magallón, Eduardo García, Humberto Rodríguez, Alfredo “Yaqui” Ríos, Avelino Jaime y Francisco García. Hermosillo contaba con Miguel Sotelo y Jesús “Chuy” Bustamante, entre otros jugadores que formarían parte de la primera generación de Naranjeros de la nueva época.
En Empalme comenzaba a llamar la atención Ronaldo “Ronnie” Camacho, quien terminaría convirtiéndose en una de las grandes figuras ofensivas de aquella primera temporada. Camacho conquistó el campeonato de bateo con .317 y encabezó también los departamentos de jonrones, carreras anotadas, slugging y carreras producidas, mientras Alfredo “Yaqui” Ríos terminaba como líder en imparables y bases robadas. En el pitcheo, Manuel Estrada fue uno de los grandes brazos del campeonato con una efectividad de 1.11 y 48 ponches, y Mauro Contreras encabezó la liga en victorias con nueve.
Aquellos nombres poseen hoy una resonancia que entonces todavía no tenían. Para los aficionados de 1958 eran los jugadores que salían al terreno, los hombres que podían ganar o perder una serie, los peloteros a quienes se reconocía por el número de su uniforme, por la forma de batear o por la manera de lanzar. El tiempo se encargaría después de convertir a algunos de ellos en personajes de la memoria.
Y todavía faltaba conocer al primer campeón.
La primera corona: Guaymas regresa a los reflectores
La temporada regular terminó con Hermosillo y Guaymas empatados con veintidós victorias y catorce derrotas, de manera que la nueva liga tuvo que recurrir a una serie final para determinar quién recibiría el primer campeonato de su historia. Los Naranjeros parecían tener el camino despejado después de ganar los dos primeros encuentros, 7-1 y 4-0, pero Guaymas consiguió regresar a la pelea y ganó los dos siguientes, 4-0 y 3-2, obligando a que todo se resolviera en un quinto juego.
El 8 de febrero de 1959, en Guaymas, la primera temporada llegó a su momento decisivo. Hermosillo llevaba ventaja de 1-0 y parecía estar a pocos outs de convertirse en el primer campeón de la nueva liga, pero en la novena entrada Manuel Magallón consiguió embasarse, Beto Rodríguez lo llevó a segunda mediante un sacrificio y Jesús Mendoza conectó el batazo que permitió que Magallón llegara al plato con la carrera del empate. Después vino el robo de segunda, la base intencional a Cliserio Trujillo y el turno para José “Chino” Ibarra. Con batazo de Ibarra, la pelota salió hacia el jardín derecho. Aprovechando la oportunidad, Jesús Mendoza avanzó y cruzó el plato para la carrera de la victoria.
Fue así como Guaymas consiguió darle la vuelta a una serie que parecía perdida y se convirtió en el primer campeón de la Liga Invernal de Sonora. El mánager Manuel Magallón, José Ibarra, Jesús Mendoza y los demás jugadores de aquel equipo quedarían de igual forma ligados para siempre al primer gran desenlace de la nueva competencia.
Vista desde muchas décadas después, aquella remontada parece contener algo de la historia que la propia liga estaba viviendo. Comenzando con una escala mucho más modesta, la Liga Invernal de Sonora había demostrado que podía sobrevivir. Guaymas, además, había ganado en el mismo territorio donde Florencio Zaragoza y sus compañeros habían imaginado el proyecto meses atrás.
La pelota que cayó en el jardín derecho después del batazo de Ibarra no resolvió solamente una serie. También le dio al nuevo circuito aquello que toda institución necesita para comenzar a construir una memoria propia: un primer campeón, una primera hazaña y un momento que pudiera ser contado una y otra vez. El nombre de Guaymas quedó entonces en la primera página del libro, pero lo más importante estaba todavía por escribirse.
Lo que aquella semilla llegó a ser
La verdadera dimensión de la Liga Invernal de Sonora no puede medirse por sus treinta y seis juegos iniciales. Hay que seguir su rastro durante los años siguientes para comprender lo que aquellos hombres habían puesto en movimiento una tarde de septiembre. En 1959-60, Ciudad Obregón dejó de participar y Navojoa ocupó su lugar; posteriormente se incorporarían otras ciudades y la liga iría dejando atrás su carácter exclusivamente sonorense para convertirse en una competencia de mayor escala.
La transformación más profunda, sin embargo, ocurrió en los jugadores. La regla que exigía la presencia de novatos había sido pensada para que el circuito funcionara como semillero, y los años demostrarían que aquella idea había sido mucho más fecunda de lo que sus fundadores podían imaginar. En la temporada 1960-61 apareció Héctor Espino con Ciudad Obregón y poco después fue incorporado por Hermosillo, donde comenzó a construir una carrera que lo convertiría en uno de los grandes símbolos del béisbol mexicano. En 1961-62 debutó con Guaymas Vicente “Huevo” Romo, quien terminaría convirtiéndose en uno de los brazos fundamentales de la historia del circuito.
Cuando se observan esos nombres desde el presente, resulta difícil no pensar en aquella regla de los dos novatos como una de las pequeñas decisiones que cambian una historia sin que nadie pueda conocer de antemano sus consecuencias. Los fundadores no podían saber que uno de aquellos jóvenes llegaría a convertirse en Héctor Espino ni que otro sería Vicente Romo; simplemente habían decidido que la liga debía reservar un lugar para quienes todavía no tenían nombre. El tiempo hizo el resto.
En 1965, la incorporación de Culiacán y Mazatlán modificó nuevamente el horizonte y la Liga Invernal de Sonora se transformó en la Liga Invernal Sonora-Sinaloa. El proyecto que había nacido para llenar el vacío dejado por la Costa comenzó a reconstruir, de otra manera, la antigua geografía beisbolera del Pacífico. Las ciudades sinaloenses aportaron nuevas rivalidades, nuevas aficiones y nuevas generaciones de jugadores, y el circuito adquirió una dimensión que ya no podía explicarse solamente desde Sonora.
En 1970, aquella evolución alcanzó otro de sus grandes puntos de inflexión cuando la Liga Invernal Sonora-Sinaloa adoptó el nombre de Liga Mexicana del Pacífico y pasó a formar parte de la Confederación del Caribe. El circuito que había nacido con cuatro equipos, una temporada de treinta y seis juegos y una regla que obligaba a darle oportunidad a los novatos entraba así en una dimensión internacional, porque sus campeones tendrían la posibilidad de representar a México en la Serie del Caribe.
Si se mira el camino completo, resulta casi imposible no sentir que todo aquello estaba escondido, como una semilla, dentro de aquella reunión de 1958. No porque sus participantes conocieran el futuro, sino porque habían entendido algo fundamental: una tradición no sobrevive solamente conservando lo que fue, sino encontrando la manera de transformarlo cuando las circunstancias cambian.
La Liga de la Costa había dejado una herencia inmensa, pero también había dejado una lección sobre los límites de la grandeza. Zaragoza, Rodríguez, Yépiz, Corral, Orduño, Vargas, Ferreira, Alfonso, Romero, Leal, Monteverde, Mazón y los demás hombres que participaron en la construcción de la Liga Invernal de Sonora tomaron aquella herencia y la hicieron caber en una estructura nueva, más humilde, más cercana a sus posibilidades y, sobre todo, orientada hacia el futuro.
Quizá por eso la historia de la Liga Invernal de Sonora se parece menos a la fundación de una institución que al nacimiento de una segunda primavera. La primera primavera había sido la Liga de la Costa, exuberante, ambiciosa y llena de figuras; después llegó el invierno verdadero, el de las cuentas que no alcanzaban, el de los parques que podían quedarse vacíos y el de una tradición que parecía haber llegado a su último capítulo. Sin embargo, debajo de aquella tierra que parecía agotada todavía quedaban raíces. Y fueron esas raíces las que volvieron a brotar en Guaymas.
La historia comenzó cuando una liga murió. Pero lo que nació después no fue simplemente su reemplazo. Fue su descendencia.

